El pasado jueves se dieron cita, bajo un mismo techo, dos versiones muy diferentes de la electrónica bailable patria. En formato dúo o cuarteto, con una actitud festiva o más contenida. Nada impidió que los asistentes a la segunda jornada del Pop and Dance, despegasen los pies del suelo y sacudiesen la cabeza al ritmo de los teclados.
Abrió la noche Hidrogenesse. Genís Segarra, el 50% transformista de Astrud, se subió a las tablas cubierto de lentejuelas de la cabeza a los pies. Tanto brillo contrastaba con su total estatismo, ya que no movió un pelo en la hora de concierto. La tarea de animar al público recayó, por tanto, en Carlos Ballesteros, encantado en su papel de maestro de ceremonias improvisado. Armados de vocoder, teclados, ordenadores y guitarras eléctricas tamaño juguete fueron lanzando melodías pregrabadas sin ningún tipo de vergüenza (sin ser esto nada reprochable).
La mayoría de los temas suenan parecido, pero esto hace que tengan un sello inconfundible. Giran en torno a referencias pop más o menos insospechadas, mezcladas con imágenes salidas de la mente de un par de tipos raros. La primera reacción es mirar al de al lado con cara de poker. Una vez pasada esta fase, se aconseja dejar de lado los prejuicios y soltarse a corear estribillos sobre caballitos pony y lo que haga falta.
Sonaron los grandes éxitos, esos que la gente corea y que tienen hasta coreografía. Véase Disfraz de Tigre o El poder de mis tejanos. Muchos se colocaron las orejas de felino y se metieron en el papel. El propio Carlos aseguraba que debía mucho a estos temas y no dejarían de interpretarlos. Con el juego que dan, me parece una fantástica idea. También hubo lugar para canciones nuevas, entre las que ellos mismos destacaron a El artista, contra la corrupción en el mundo del arte y la tontuna en general. La exaltación de la vejez, la pereza y otras cosas tristes fueron otros temas de la noche. En definitiva, Hidrogenesse nos demostraron que se toman el petardo pop con seriedad.
Fue una pena que los organizadores no dejasen ni tiempo para un bis. Las peticiones del público quedaron silenciadas, los djs le dieron al play, subieron el volumen y la cosa terminó un poco descafeinada. Nos quedamos con la sensación de que la banda sonora era mucho más adecuada para un atardecer en la playa, con el cielo rojizo y los pies enterrándose en la arena. Así se disfrutaría Deli mucho mejor.
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